miércoles, 21 de febrero de 2007

La oración llama, el ayuno intercede, la misericordia recibe

Tres son, hermanos, los resortes que hacen que la fe se mantenga firme, la devoción sea constante, y la virtud permanente. Estos tres resortes son: la oración, el ayuno y la misericordia. Porque la oración llama, el ayuno intercede, la misericordia recibe. Oración, misericordia y ayuno constituyen una sola y única cosa, y se vitalizan recíprocamente.
El ayuno, en efecto, es el alma de la oración, y la misericordia es la vida del ayuno. Que nadie trate de dividirlos, pues no pueden separarse. Quien posee uno solo de los tres, si al mismo tiempo no posee los otros, no posee ninguno. Por tanto, quien ora, que ayune; quien ayuna, que se compadezca; que preste oídos a quien le suplica aquel que, al suplicar, desea que se le oiga, pues Dios presta oído a quien no cierra los suyos al que le súplica.
Que el que ayuna entienda bien lo que es el ayuno; que preste atención al hambriento quien quiere que Dios preste atención a su hambre; que se compadezca quien espera misericordia; que tenga piedad quien la busca; que responda quien desea que Dios le responda a é1. Es un indigno suplicante quien pide para si lo que niega a otro.
Díctate a ti mismo la norma de la misericordia, de acuerdo con la manera, la cantidad y la rapidez con que quieres que tengan misericordia contigo. Compadécete tan pronto como quisieras que los otros se compadezcan de ti.
En consecuencia, la oración, la misericordia y el ayuno deben ser como un único intercesor en favor nuestro ante Dios, una única llamada, una única y triple petición.
Recobremos con ayunos lo que perdimos por el desprecio; inmolemos nuestras almas con ayunos, porque no hay nada mejor que podamos ofrecer a Dios, de acuerdo con lo que el profeta dice: Mi sacrificio es un espíritu quebrantado: un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias. Hombre, ofrece a Dios tu alma, y ofrece la oblación del ayuno, para que sea una hostia pura, un sacrificio santo, una víctima viviente, provechosa para ti y acepta a Dios. Quien no dé esto a Dios no tendrá excusa, porque no hay nadie que no se posea a si mismo para darse.
Mas, para que estas ofrendas sean aceptadas, tiene que venir después la misericordia; el ayuno no germina si la misericordia no lo riega, el ayuno se torna infructuoso si la misericordia no lo fecundiza: lo que es la lluvia para la tierra, eso mismo es la misericordia para el ayuno. Por más que perfeccione su corazón, purifique su carne, desarraigue los vicios y siembre las virtudes, como no produzca caudales de misericordia, el que ayuna no cosechará fruto alguno.
Tú que ayunas, piensa que tu campo queda en ayunas si ayuna tu misericordia; lo que siembras en misericordia, eso mismo rebosará en tu granero. Para que no pierdas a fuerza de guardar, recoge a fuerza de repartir; al dar al pobre, te haces limosna a ti mismo: porque lo que dejes de dar a otro no lo tendrás tampoco para ti.
De los sermones de San Pedro Crisólogo, obispo y Padre de la Iglesia.

miércoles, 3 de enero de 2007

Texto de santa Angela de Foligno

¡Oh Dios mío!, hazme digna de conocer el misterio de la caridad ardentísima que se esconde en Ti, esto es, la obra excelentísima de la Encarnación que has puesto como principio de nuestra salud. Este beneficio inefable nos produce dos efectos: el primero es que nos llena de amor; el segundo, que nos da la certeza de nuestra salud. ¡Oh inefable caridad, la más grande que puede darse: que Dios creador de todo se haga criatura, para hacer que yo sea semejante a Dios! ¡Oh amor entrañable!, te has anonadado a Ti mismo, tomando la forma vilísima de siervo, para darme a mí un ser casi divino. Aunque al tomar mi naturaleza no disminuiste ni viniste a menos en tu sustancia ni perdiste la más mínima parte de tu divinidad, el abismo de tu humildísima Encarnación me inclina a prorrumpir en estas palabras: ¡Oh incomprensible, te has hecho por mí comprensible! ¡Oh increado, te has hecho creado! ¡Oh impalpable, te has hecho palpable! ... Hazme digna de conocer lo profundo de tu amor y el abismo de tu ardentísima caridad, la cual nos has comunicado en tu santísima Encarnación.

lunes, 1 de enero de 2007

Año nuevo

Señor, en este nuevo año que comienza te ruego que me des un corazón dócil a tu palabra, a tus llamados; un corazón lleno de amor que esté pronto a correr tras de ti.
Concédeme, dulcísimo Señor mío, el aceptar con alegría tu voluntad, el decir sí a todo lo que de Ti provenga, sin importar cuánto pueda contrariar a mis apetitos, sentimientos o pensamientos.
Ayúdame a decir siempre "amén", a entregarme por completo a Ti, a tener siempre en mis labios el "Aleluya" y el "Magnificat".
Padre eterno, haz lo que quieras de mí.

domingo, 31 de diciembre de 2006

Comentario de Orígenes al Evangelio de hoy, fiesta de la Sagrada Familia

Cuando Jesús cumplió doce años, se quedó en Jerusalén. Sus padres, que no lo sabían, lo buscan solícitamente y no lo encuentran. Lo buscan entre los parientes, lo buscan en la caravana, lo buscan entre los conocidos: y no lo encuentran entre ellos. Jesús es, pues, buscado por sus padres: por el padre que lo había alimentado y acompañado al bajar a Egipto. Y sin embargo no lo encuentran con la rapidez con que lo buscan. A Jesús no se le encuentra entre los parientes y consanguíneos; no se le encuentra entre los que corporalmente le están unidos. Mi Jesús no puede ser hallado en una nutrida caravana. Aprende dónde lo encuentran quienes lo buscaban, para que buscándolo también tú puedas encontrarlo como José y María. Al ir en su busca —dice— lo encontraron en el templo. En ningún otro lugar, sino en el templo; y no simplemente en el templo, sino en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Busca, pues, tú también a Jesús en el templo, búscalo en la Iglesia, búscalo junto a los maestros que hay en el templo y no salen de él. Si de esta forma lo buscas, lo encontrarás.
Por otra parte, si alguien se tiene por maestro y no posee a Jesús, éste tan sólo de nombre es maestro y, en consecuencia, no podrá ser hallado Jesús en su compañía, Jesús es la Palabra y la Sabiduría de Dios. Le encuentran sentado en medio de los maestros, y no sólo sentado, sino haciéndoles preguntas y escuchándolos.
También en la actualidad está Jesús presente, nos interroga y nos escucha cuando hablamos. Todos —dice— quedaban asombrados. ¿De qué se asombraban? No de sus preguntas, con ser admirables, sino de sus respuestas. Formulaba preguntas a los maestros y, como a veces eran incapaces de responderle, él mismo daba la respuesta a las cuestiones planteadas. Y para que la respuesta no sea un simple expediente para llenar tu turno en la conversación, sino que esté imbuida de doctrina escriturística, déjate amaestrar por la ley divina. Moisés hablaba, y Dios le respondía con el trueno. Aquella respuesta versaba sobre los asuntos que Moisés ignoraba y acerca de los cuales el Señor le instruía. Unas veces es Jesús quien pregunta, otras, es el que responde. Y, como más arriba hemos dicho, si bien sus preguntas eran admirables, mucho más admirables sin embargo, eran sus respuestas.
Por tanto, para que también nosotros podamos escucharlo y pueda él plantearnos problemas, roguémosle y busquémosle en medio de fatigas y dolores, y entonces podremos encontrar al que buscamos. No en vano está escrito: Tu padre y yo te buscábamos angustiados. Conviene que quien busca a Jesús no lo busque negligente, disoluta o eventualmente, como hacen muchos que, por eso, no consiguen encontrarlo. Digamos, por el contrario: «¡Angustiados te buscamos!», y una vez dicho, él mismo responderá a nuestra alma que lo busca afanosamente y en medio de la angustia, diciendo: ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?
Orígenes, Homilía 18 sobre el evangelio de san Lucas (2-5: Edit GCS 9, 112-113)

miércoles, 27 de diciembre de 2006

Poema de Francisco Luis Bernárdez

Nochebuena

Noche en que el sol infinito
mira nuestra ceguedad
y nos envía una chispa
de su inmensa claridad
para que aparte las somras,
incendie la soledad
y abra nuestros ojos ciegos
a la luz de la verdad.

Noche en que el mar infinito
contempla nuestra aridez
y se ofrece a nuestros labios
en una gota de miel,
que a pesar de ser pequeña
tiene bastante poder
para saciar hasta el fondo
las ansias de nuestra sed.

Noche en que el cielo infinito
mira la tierra infeliz
y se confunde con ella
en un abrazo sin fin,
para que, de tan dichosos,
no podamos distinguir
dónde termina la tierra
y empieza el cielo feliz.

Noche en que el tiempo infinito,
sin ayer, mañana ni hoy,
contempla el tiempo que mide
nuestra pena y nuestro amor,
y le infunde la energía
de su eterna perfección,
para que nuestros latidos
se cuenten por los de Dios.

Noche en que el Ser infinito
se apiada de nuestra cruz
y da comienzo a la suya
sobre la tierra sin luz,
para que, yendo a su lado
por el bien y la virtud,
encontremos el camino
de la paz y la salud.

martes, 26 de diciembre de 2006

Capítulo XV de la "Autobiografía del hijito que no nació" de H. Wast

Capítulo XV: ¡Que no me maten, Dios mío, yo quiero ser sacerdote!

Mi ángel ya no teme que yo me duerme cuando él me habla con tanta seriedad.
Yo comprendo que están acercándose para mí las horas más trágicas. Mi pobre madre, ahora en casa de la suya, que es mi abuelita, vive en paz, sin disputas. Pero sabe que esta preciosa paz que le permite ir todos los días a comulgar, llenándose de luz y tomando fuerzas, no puede durar.
El ángel vuelve a hablarme, y esto lo sabe por el arcángel Gabriel, de que los hombres cegados por la maldad del diablo no tienen idea de lo que el mundo pierde con estos asesinatos sin número que cada día se cometen, en lo más puro de la humanidad, que son sus niñitos.
Dice que muchos sabios siniestros andan propagando sistemas para contener el aumento de las gentes, aduciendo que pronto la tierra no podrá alimenatr a su población. Con el aparente miedo de que algún día esos niños por falta de alimento puedan morir, se anticipan a matarlos desde ahora.
Y dice que este pecado infernal ha excluido de la existencia a seres que habrían sido inventores prodigiosos, infinitamente superiores a los que se han conocido, genios que con sus descubrimientos habrían conjurado todo peligro de que la humanidad aun multiplicada por cien pudiera encontrarse estrecha en los ámbitos de la tierra. Más aún, que algunos de esos niñitos arrancados a la vida iban a ser cerebros capaces de hallar la manera de que los hombres conquistaran pacíficamente nuevas tierras en los astros y difundir en ellos la fe y el servicio de Dios.
Todo esto ha sido borrado, aniquilado por las infames prácticas de lo que llaman restricción de la natalidad.
Me pondera el ángel lo que habría adelantado el mundo en otras cosas, menos materiales, como son las artes o la ciencia del alma.
Entraba en los planes de Dios, me dice Absalón, que el hombre (Adán y Eva) llenara la tierra con su descendencia y la dominara. Y ahora el hombre que no confía en Él, no se atreve a crear un descendiente más y de hace impotente él mismo para dominar su propio imperio.
¡Qué inmensos horizontes se abren a mi pequeño pensamiento con estas grandes palabras! ¿Podré yo, algún día, ser sacerdote y contribuir a que por mi parte se cumplan los planes de Dios?
Hoy en la Iglesia cuando mamá comulgó, me sentí tan cerca de Jesús en su corazón, que volví a rezar casi en sus oídos mi oración de siempre:
- ¡Que no me maten, Señor y Dios mío! ¡Yo quiero ser sacerdote!
Esa fue la última vez que pude rezar cerca de Cristo en persona, porque fue también la última vez que mi pobre madre comulgó.
Vino, pues, mi padre y de llevó a mi madre a Buenos Aires.
Le bastó una ojeada para comprender la comedia que ella estaba representando. Ya no era posible mantener el secreto. Mi pequeño cuerpo se había desarrollado tanto que para un ojo experto era inútil toda ficción.
Él se limitó a decir pocas palabras, que me hicieron temblar en aquel mi refugio que duraba ya varios meses.
- Ahora será más difícil extirpar eso, pero el doctor lo arreglará bien. No sufrirás mucho, no te asustes.
En el tono inflexible se advertía su extrema cólera y su inexorable decisión.
Tuvimos dos días de paz. Mi padre parecía tranquilizado. Además el doctor negro se hallaba ausente, en un país lejano, a donde había ido a dar conferencias sobre su maldita "especialidad".
Mi ángel me contaba todo y me hacía rogar a Dios por mi madrecita, agotada de fuerzas para las nuevas arremetidas que iba a soportar de mi padre, irritado e inflexible.
Mi desventurada madre nunca tuvo voluntad. Débil, apocada, se hubiera dejado matar. Tal vez ahora sería capaz de defender su vida, porque en ella se sustentaba la mía. Ya mentalmente me había bautizado con el hermoso nombre de Jesús.
Yo me dirigí a él, rogándole que auxiliara a mi madre.

lunes, 25 de diciembre de 2006

Feliz Navidad!!

Veo a un artesano y un pesebre; veo a un Niño y los pañales de la cuna, veo el parto de la Virgen carente de lo más imprescindible, todo marcado por la más apremiante necesidad; todo bajo la más absoluta pobreza. ¿Has visto destellos de riqueza en la más extrema pobreza? ¿Cómo, siendo rico, se ha hecho pobre por nuestra causa? ¿Cómo es que no dispuso ni de lecho ni de mantas, sino que fue depositado en un desnudo pesebre? ¡Oh tesoro de riqueza, disimulado bajo la apariencia de pobreza! Yace en el pesebre, y hace temblar el orbe de la tierra; es envuelto en pañales, y rompe las cadenas del pecado; aún no sabe articular palabra, y adoctrina a los Magos induciéndolos a la conversión.
San Juan Crisóstomo, Homilía sobre el día de Navidad (PG 56, 392)

Quiero desearles a todos ustedes y sus familias una muy feliz Navidad y que el pequeño Niño Rey llene de gracia nuestros corazones.
Un abrazo en el niño Dios y su santísima Madre.